lunes, 14 de octubre de 2024

* * * ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

 


ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN
SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

por Martin Steiner, OFM

2) El consentimiento a la acción de Dios (I)

No hay vida franciscana que no sea un compromiso enérgico de seguir a Cristo con las obras. Pero en San Francisco esta afirmación es inseparable de otra más fundamental: sólo Dios es el autor de esas obras, el autor de toda acción buena llevada a cabo por nosotros. Esto es como un «leit-motiv» que se repite constantemente en sus escritos. Porque, en cuanto a nosotros, «tengamos la firme convicción de que a nosotros no nos pertenecen sino los vicios y pecados» (1 R 17,7). Así, nuestra acción evangélica pertenece a Dios solo. Sólo Él nos concede el poder realizarla. Reivindicarla para nosotros, equivaldría a reiterar la rebelión original de la humanidad que quiso realizarse y divinizarse por sí misma, y caer en la trampa del Adversario, inspirador de esta rebelión de auto-suficiencia: «Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien el que se apropia para sí su voluntad y se enaltece de lo bueno que el Señor dice o hace en él; y de esta manera, por la sugestión del diablo y por la transgresión del mandamiento, lo que comió se convirtió en fruto de la ciencia del mal. Por eso, es preciso que cargue con el castigo» (Adm 2,3-5).

En realidad, todo lo que hay de bueno en nosotros -pensamientos, intenciones, deseos, obras, y ante todo el reconocimiento en la fe de que Jesús es el Señor y la voluntad que de ello se deriva de someternos activamente a su señorío-, todo esto procede de la acción del Espíritu en nosotros: «Dice el Apóstol: "Nadie puede decir: Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo"; y: "No hay quien haga el bien, no hay uno solo"»; entendámoslo: sin la acción del Espíritu (Adm 8,1-2). Nuestra acción propia es, por consiguiente, respuesta provocada por la acción divina, don de Dios puesto en obra por nosotros. Por eso, nuestro único deseo debe ser el abrirnos a esta acción del Espíritu y corresponder a ella: «Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,9). El criterio de esta apertura a la acción del Espíritu, ¿no es precisamente que no nos gloriemos del bien que Dios obra en nosotros o por nosotros?

Para Francisco esta humildad, digamos, esta actitud de verdad, es capital. No sabe cómo inculcarla eficazmente. Entonces, nos conjura en nombre de lo que hay de más grande: el amor mismo que es Dios. «Por lo que, en la caridad que es Dios, ruego a todos mis hermanos, predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas; más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos» (1 R 17,5-6). Convencidos de deberlo todo a la acción del Espíritu en nosotros, deberíamos, desde lo mismo que Él nos permite realizar, tomar una conciencia más viva de nuestra propia incapacidad nativa para el bien: «Así puede conocerse si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne, pues siempre es opuesta a todo lo bueno, sino más bien, se considera a sus ojos más vil y se estima menor que todos los otros hombres» (Adm 12).

Aquí, la «carne» no es el cuerpo, sino que, como en la Biblia, tal palabra designa al hombre en su condición de flaqueza original y también en su tendencia al mal: bajo este doble título es «opuesta a todo bien».

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo, núm. 22 (1979) 117-131



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