sábado, 12 de octubre de 2024

ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

 



ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN
SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO
por Martin Steiner, OFM

Experimentamos una necesidad profunda de unidad en nuestra vida. Queremos evitar una vida dividida en compartimentos. Por un lado, tiempos de oración explícita -oración litúrgica y oración personal-; por otro, la acción al servicio de los hombres en la Iglesia y para el mundo: he ahí una concepción que rechazamos. Por otra parte, ciertas maneras de concebir la unidad entre estos dos componentes de nuestra vida no nos satisfacen. Así, el adagio: «¡Trabajar es también orar!», es verdadero, sin duda, bajo ciertas condiciones; hemos experimentado, con todo, que no es fácil vivirlo y que con demasiada frecuencia se convierte en un eslogan vacío de sentido. Asimismo, considerar la oración común o silenciosa como la ocasión de llenarnos interiormente para estar en condiciones de entregarnos enseguida a la acción, para luego tomar de nuevo fuerzas junto a los recursos ilimitados de la vida divina mediante el retorno a un tiempo de oración: he ahí otra manera de ver las cosas que no nos satisface.

La revelación de Jesús a la Samaritana nos parece mucho más profunda: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,13). El manantial no conoce un ritmo de don y de recuperación. El manantial sólo es tal en su continuo brotar. La imagen evoca una vida que se realimenta en el don mismo, en la acción misma. Entiéndasenos bien. No se trata de negar la importancia irreemplazable de los tiempos de oración explícita. Pero, sin duda, ciertas actitudes nos permitirían vivir de manera más satisfactoria la tensión inevitable entre acción y contemplación. Las que Francisco nos revela y nos recomienda en sus escritos parecen particularmente fecundas.

Se impone una primera constatación: para Francisco, una actitud sólo era auténtica si se traducía en actos, una convicción sólo era profunda si se manifestaba en una acción apropiada, una enseñanza sólo podía acreditarle si primero se había dado con el ejemplo. De este modo, Francisco aparece sorprendentemente actual. ¿No estamos comprobando que los hombres de hoy, sobre todo los jóvenes, son mucho menos sensibles a una simple «ortodoxia» que a una «ortopraxis»? Al fin de cuentas, la precisión del pensamiento les importa menos que la autenticidad de la acción. O, por lo menos, para ellos, sólo la segunda puede dar peso a la primera.

Francisco vivió en un mundo de exigencias muy semejantes. Eran muchos, en particular, los que se planteaban la cuestión: ¿dónde está la Iglesia verdadera? ¿Es la antigua Iglesia que invoca la sucesión apostólica, garantizada por una transmisión de poderes mediante un rito de ordenación, pero cuyos miembros aliaban con mucha frecuencia a su preocupación por la ortodoxia un estilo de vida mundano? ¿No conviene más bien buscarla en grupos marginados, condenados tal vez por la Iglesia en nombre de la ortodoxia, pero que han vuelto al estilo de vida de la Iglesia apostólica? La actitud de Francisco quizás no se inspira en una voluntad explícita de dar una respuesta a esta cuestión acongojarte de su tiempo. Y, sin embargo, su ortopraxis, vivida en el seno de la Iglesia, constituyó por sí misma la mejor respuesta a ese interrogante de tantos de sus contemporáneos.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo, núm. 22 (1979) 117-131



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