jueves, 15 de agosto de 2024

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 



LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Benedicto XVI, Ángelus del 15 de agosto de 2007 y de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. Se trata de una fiesta antigua, que tiene su fundamento último en la sagrada Escritura. En efecto, la sagrada Escritura presenta a la Virgen María íntimamente unida a su Hijo divino y siempre solidaria con él. Madre e Hijo aparecen estrechamente asociados en la lucha contra el enemigo infernal hasta la plena victoria sobre él. Esta victoria se manifiesta, en particular, con la derrota del pecado y de la muerte, es decir, con la derrota de aquellos enemigos que san Pablo presenta siempre unidos. Por eso, como la resurrección gloriosa de Cristo fue el signo definitivo de esta victoria, así la glorificación de María, también en su cuerpo virginal, constituye la confirmación final de su plena solidaridad con su Hijo, tanto en la lucha como en la victoria.

María, al ser elevada a los cielos, no se alejó de nosotros, sino que está aún más cercana, y su luz se proyecta sobre nuestra vida y sobre la historia de la humanidad entera. Atraídos por el esplendor celestial de la Madre del Redentor, acudimos con confianza a ella, que desde el cielo nos mira y nos protege.

Todos necesitamos su ayuda y su consuelo para afrontar las pruebas y los desafíos de cada día. Necesitamos sentirla madre y hermana en las situaciones concretas de nuestra existencia. Y para poder compartir, un día, también nosotros para siempre su mismo destino, imitémosla ahora en el dócil seguimiento de Cristo y en el generoso servicio a los hermanos. Este es el único modo de gustar, ya durante nuestra peregrinación terrena, la alegría y la paz que vive en plenitud quien llega a la meta inmortal del paraíso.

En la Biblia, la última referencia a su vida terrena se halla al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que presenta a María recogida en oración con los discípulos en el Cenáculo en espera del Espíritu Santo (Hch 1,14). Posteriormente, una doble tradición -en Jerusalén y en Éfeso- atestigua su «dormición», como dicen los orientales, es decir, el haberse «dormido» en Dios. Este acontecimiento que precedió su paso de la tierra al cielo, ha sido confesado por la fe ininterrumpida de la Iglesia. En el siglo VIII, por ejemplo, san Juan Damasceno, gran doctor de la Iglesia oriental, afirma explícitamente la verdad de su asunción corpórea, estableciendo una relación directa entre la «dormición» de María y la muerte de Jesús. Escribe en una célebre homilía: «Era necesario que la que había llevado en su seno al Creador cuando era niño, habitase con él en los tabernáculos del cielo».

Como enseña el concilio Vaticano II, a María Santísima hay que colocarla siempre en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En esta perspectiva, «la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10), brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (LG 68). Desde el paraíso la Virgen sigue velando siempre, especialmente en las horas difíciles de la prueba, sobre sus hijos, que Jesús mismo le confió antes de morir en la cruz. ¡Cuántos testimonios de esta materna solicitud suya se encuentran al visitar los santuarios a ella dedicados!

María elevada al cielo nos indica la meta última de nuestra peregrinación terrena. Nos recuerda que todo nuestro ser -espíritu, alma y cuerpo- está destinado a la plenitud de la vida; que quien vive y muere en el amor de Dios y del prójimo será transfigurado a imagen del cuerpo glorioso de Cristo resucitado; que el Señor humilla a los soberbios y enaltece a los humildes. La Virgen proclama esto eternamente con el misterio de su Asunción. ¡Que tú seas siempre alabada, oh Virgen María! Ruega al Señor por nosotros.


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