
En aquel tiempo: Cuando Jesús bajó de la montaña, le fueron siguiendo grandes muchedumbres. Y he aquí que un leproso se aproximó, se prosternó delante de Él y le dijo: “Señor, si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y Él, tendiéndole su mano, lo tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”, y al punto fue sanado de su lepra. Díjole entonces Jesús: “Mira, no lo digas a nadie; sino ve a mostrarte al sacerdote y presenta la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio”. Cuando hubo entrado en Cafarnaúm, se le aproximó un centurión y le suplicó, diciendo: “Señor, mi criado está en casa, postrado, paralítico, y sufre terriblemente”. Y Él le dijo: “Yo iré y lo sanare”. Pero el centurión replicó diciendo: “Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo, mas solamente dilo con una palabra y quedará sano mi criado. Porque también yo, que soy un subordinado, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Ve” y él va; a aquél: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace”. Jesús se admiró al oírlo, y dijo a los que le seguían: “En verdad, os digo, en ninguno de Israel he hallado tanta fe”. Os digo pues: “Muchos llegarán del Oriente y del Occidente y se reclinarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allá será el llanto y el rechinar de dientes”. Y dijo Jesús al centurión: “Anda; como creíste, se te cumpla”. Y el criado en esa misma hora fue sanado.
Mateo VIII, 1-13
Domingueras Prédicas II
R.P. Leonardo Castellani
Domingo Tercero después de Epifanía.
Curación del Leproso y del Siervo del Centurión (1966)
San Mateo narra juntamente en este Evangelio dos milagros de Cristo peculiares.
Su peculiaridad ha sido muchas veces explicada: el milagro del Centurión es un milagro a distancia¡ en el milagro del leproso se puede comentar el mandato de presentarse a los Sacerdotes, que muestra una vez más la obediencia de Cristo a la Ley de Moisés.
Otra peculiaridad es la diferencia social de los beneficiados, que están en los dos extremos de la escala social: un mendigo más que mendigo y un potentado más que potentado: Cristo no hacía distinción de "clases".
Los leprosos en Palestina mendigaban pero eran menos que mendigos: eran parias y eran horrores; no había llegado todavía "el fanatismo teológico de la Edad Media" (corno dice Lisandro de la Torre) cuando las reinas besaban por caridad heroica a los leprosos. El otro era un Centurión o Mayor, el grado más alto de la milicia romana, que mandaba teóricamente 100 hombres, pero podía mandar una división entera, una "legión" con el nombre de Primer Centurión, hoy día General de División. Sobre ellos solamente estaba el lmperator (de donde vino Emperador), que era el Comandante en Jefe, como Illia, "Irnperator Illia". Ave Caesar lmperator, morituri te salutant: Ave César Emperador, los que están por morir te saludan.
Hoy quiero fijarme solamente en este rasgo, que Cristo fue amigo de un militar; o mejor dicho, de un hombre de guerra -porque los militares actuales son diferentes de los guerreros antiguos; pues el militar actual es el sirviente bien pagado de un Estado, justo o injusto; y el guerrero antiguo se consideraba al servicio de la Justicia, lo mismo que el Estado, teóricamente almenas; ambos estaban debajo de una instancia superior, y el Ejército, aunque formaba parte del Estado, tenía cierto juego libre.
Esta afirmación puede ser objetada, y no tengo tiempo de responder a las objeciones. El Ejército romano se corrompió, según San Agustín. Bien. Distingo: ¿cuándo? Pero el hecho es que el Ejército romano y más todavía los Ejércitos caballerescos medievales se consideraban al servicio de la Justicia, de la vi1·tud de la Justicia; o sea, peleaban por Dios.
Cristo no le dijo al Centurión: "Eres un hombre de guerra, ¿qué tengo Yo que ver contigo? La guerra es una actividad ilícita, que Yo he venido a quitar del mundo", corno diría Gandhi. El Ejército romano, no se podía jugar con él, era invencible; pero jugaba limpio.
Hoy día algunos exégetas (Ricciottí, Durand, Straubinger) dicen que no era un Centurión romano sino un Centurión de Herodes Antipas. No sé deónde lo sacan, todos los Santos Padres dicen ''romano" y el Evangelio dice "gentil" o "pagano". Pero en fin, sea: un pagano al servicio de Herodes: "rnáss en mi favor", dijo el español.
Cristo no condenó la guerra ni la pena de muerte; tampoco las aprobó; no dijo nada, las dio corno hechos existentes, que su misión no era suprimir, lo mismo que no lo era suprimir las enfermedades y la muerte; sino en todo caso ponerlo todo bajo el dominio de la Santidad y la Justicia. Cristo habló de la guerra y la pena de muerte sin manifestar ninguna protesta.
La Iglesia lo imitó: no condenó la guerra y el oficio de las armas, como quisieron Tertuliano y otros heréticos; se limitó a decir que había guerras injustas, por boca de San Agustín. Muchísimos soldados romanos se hicieron cristianos y muchísimos fueron mártires; recordemos al tan popular San Sebastián (1) (pintado 100 veces por los pintores del Renacimiento) y San Mauricio, jefe de la Legión Tebea, que fue decapitado junto con toda su legión, o una parte de su legión (no se sabe bien) por haber rehusado sacrificar a las "águilas de oro", que eran ídolos. "San Mauricío o la Obediencia", es un hermoso drama de Henri Gheon. En La Cristiandad posterior, innumerables. San Fernando I de Castilla ... y muchos otros Reyes guerreros de toda Europa, canonizados; y bien podían canonizar también a la Madre de América, Isabel la Católica, que andaba a caballo junto a su marido dirigiendo batallas campales; de modo que los campesinos de Castilla decían: "Tanto monta, monta tanto - Isabel como Fernando."(2)