
Difundido a través de la Sociedad Grignion de Montfort (Barcelona), por medio de correo electrónico, en octubre de 2018. Era la Carta mariana IV. Sustituyo con esto una versión anterior, bastante pelma, que sestea por aquí, pero que borraré en cuanto edite esta.- Miguel

"María no es el centro, pero está en el centro". Y nos vamos a la Biblia en busca de estas palabras, porque el P. Kentenich, que las enseñó, sin duda venía de encontrárselas en la Biblia. Hablamos del sacerdote alemán José Kentenich (1885-1968), fundador del Movimiento de Schoenstatt, pero me permito quedarme con su lema y hacer su misma búsqueda con mi propia lámpara. María no es el centro, pero está en el centro, y la Biblia no lo dice, pero lo hace patente. Y quien osare negarlo tendrá que negar todo esto:
Una de anunciación
María no es el centro: lo es el Dios que se enamora de ella. El que la hizo hermosa para
escogerla, y luego la escogió porque la vio hermosa. El Espíritu Santo, que es la Gracia que encontró a María llena de Gracia. Porque primero se dice: "Dios te salve, llena de gracia" (Lc 1,28), y luego: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (1,35).
María no es el centro, pero ¿qué pasaría si ella hubiese contestado con una negativa? ¿Se hubiese realizado la Redención? ¿De qué manera? No digáis nada, porque nada sabéis. Yo propongo que, en cambio, miremos lo que de hecho ocurrió y sabemos, y ello es que María agachó, turbada y confiada, la cabeza, y respondió lo que el orbe le demandaba, lo que quería Dios oír al enviarle al arcángel: "He aquí la esclava..." (Lc 1,38); y "el Verbo se hizo hombre" (Jn 1,14): y Él era el centro del cosmos, y María estaba con el Centro.
En el Credo de la Misa, a las palabras "y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre"[1], hacemos inclinación profunda[2], y en ese justo momento estamos mencionando a María. ¿Hacemos reverencia por ella? No, sino por el Centro, que ha venido a la historia. Y, sin embargo, ella está ahí… Ella está en el centro, y nos coloca al Centro en el pesebre.
El pasaje de la Anunciación es, nada menos, la primera revelación expresa de la Santísima Trinidad en toda la Biblia, puesto que aparecen inequívocamente mencionados el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y allí está María, que no es el centro, pero…
Dijo Pablo en los Gálatas...
Dijo San Pablo que
"al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: '¡Abbá, Padre!'" (Gál 4,4-6).
Esta "plenitud de los tiempos" se hace aquí evidente que es la venida del Verbo a la carne; y ahí está María (en lo más pleno de las edades) para darle la carne. San Pablo ha ofrecido una breve narración de la actuación esencial de la Trinidad en nuestro favor, y hemos vuelto a encontrar a María de por medio: porque "no es el centro, pero está en el centro". María es necesaria -Dios ha querido necesitarla- para engranar aquella naturaleza divina -la del Hijo- que se venía para nosotros con la naturaleza humana en que el Hijo había de salvarnos; con la "carne", puesto que "la carne es el quicio de la salvación"[3], y si no hay carne, no se muere[4]. La carne es el quicio, y la carne la ha dado -toda- María, porque no hubo intervención de varón.
Madre e Hijo en el filo de una espada
En el día del Calvario, "María está verdaderamente presente en este misterio, justamente porque de ella el Verbo asumió como propio aquel cuerpo que ofreció por nosotros"[5]. En cuanto a su presencia personal,
"la presencia en el Calvario, que le permitía unirse con toda el alma a los sufrimientos del Hijo, formaba parte del designio de Dios. El Padre quería que ella, llamada a la cooperación más íntima en el misterio redentor, estuviese asociada al sacrificio y compartiese todos los dolores del Crucificado, uniendo la propia voluntad a la suya en el deseo de salvar al mundo"[6].
Había profetizado Simeón:
"Este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2,34-35).
A Jesús se lo empujará al máximo rechazo que es la muerte, y será "signo de contradicción" a quien unos seguirán rechazando para ruina propia, y a quien otros se adherirán para propia vida. Pero a mitad de su profecía, Simeón intercala de modo sorprendente la profecía de la espada para María. Gramaticalmente, resulta más bien forzada; hubiese estado mejor pronunciarla después; pero la profecía mariana aparece deliberadamente a mitad de la profecía sobre Cristo. La espada que atraviesa el Corazón de María es la misma lanza que atravesó el costado de Cristo (cfr. Jn 19,30-37). Es, exactamente, participar en el dolor de Cristo y en la Redención de Cristo. Si Él es Redentor, ella es la asociada a la Redención, la cooperadora del Redentor, la socia de Cristo. Todos podemos y debemos serlo, pero ella de la forma particular que es propia de la madre. Ella no es el centro de la Redención, pero está muy en el centro de la Redención.
En el centro y en mi centro