Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Las aguas torrenciales no podrán apagar el Amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el Amor, aunque fuera con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable (Ct 8,7).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Regla: -Dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volverse a ver espiritual y caritativamente y honrarse mutuamente sin murmuración. Y guárdense de manifestarse tristes externamente e hipócritas sombríos; manifiéstense, por el contrario, gozosos en el Señor y alegres y convenientemente amables (1 R 7,15-16).
Orar con la Iglesia:
Dirijamos nuestras peticiones al Señor, nuestro Dios, pidiéndole que derrame sobre nosotros su Espíritu de caridad.
-Para que la Iglesia viva en fidelidad el mandamiento nuevo de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
-Para que los pobres, los humildes, los marginados..., reciban la atención preferente de la Iglesia y de los cristianos.
-Para que las leyes sociales defiendan siempre con justicia y lealtad los derechos y la dignidad de toda persona humana.
-Para que todos los discípulos de Cristo demostremos con nuestras obras la fidelidad a sus enseñanzas y ejemplos.
Oración: Padre nuestro, inflama nuestros corazones con el Espíritu de tu amor, para que podamos amarte en los hermanos con sinceridad de corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
La actividad humana
La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre, pues éste, con su actuación, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende.
Un desarrollo de este género, bien entendido, es de más alto valor que las riquezas exteriores que puedan recogerse. Más vale el hombre por lo que es que por lo que tiene.
De igual manera, todo lo que el hombre hace para conseguir una mayor justicia, una más extensa fraternidad, un orden más humano en sus relaciones sociales vale más que el progreso técnico. Porque éste puede ciertamente suministrar, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero no es capaz de hacer por sí solo que esa promoción se convierta en realidad.
De ahí que la norma de la actividad humana es la siguiente: que, según el designio y la voluntad divina, responda al auténtico bien del género humano y constituya para el hombre, individual y socialmente considerado, un enriquecimiento y realización de su entera vocación.
Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que una más estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión sea un obstáculo a la autonomía del hombre, de las sociedades o de la ciencia. Si por autonomía de lo terreno entendemos que las cosas y las sociedades tienen sus propias leyes y su propio valor, y que el hombre debe irlas conociendo, empleando y sistematizando paulatinamente, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que responde además a la voluntad del Creador. Pues, por el hecho mismo de la creación, todas las cosas están dotadas de una propia consistencia, verdad y bondad, de propias
leyes y orden, que el hombre está obligado a respetar, reconociendo el método propio de cada una de las ciencias o artes.
Por esto hay que lamentar ciertas actitudes que a veces se han manifestado entre los mismos cristianos, por no haber entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia, actitudes que, por las contiendas y controversias que de ellas surgían, indujeron a muchos a pensar que existía una oposición entre la fe y la ciencia.
Pero si la expresión "autonomía de las cosas temporales" se entiende en el sentido de que la realidad creada no depende de Dios y de que el hombre puede disponer de todo sin referirlo al Creador, todo aquel que admita la existencia de Dios se dará cuenta de cuán equivocado sea este modo de pensar. La creatura, en efecto, no tiene razón de ser sin su Creador.
De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo
(Núms. 35-36)
Oración de San Alfonso María Ligorio.
Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en este iglesia.
Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
Del Común de varios mártires: para un mártir.
SAN FELIPE DE JESÚS, protomártir mexicano. (FIESTA.)
Felipe de las Casa o de Jesús nació en la ciudad de México el año de 1572. En su adolescencia fue rebelde e inconstante. Sus padres lo enviaron a comerciar en las Islas Filipinas. Algún tiempo después, vistió el hábito de la Orden de san Francisco, en Manila. Ya profeso, le permitieron sus superiores regresar a México, para recibir allí la unción sacerdotal, pero la tempestad arrojó el navío en que viajaba a las costas del Japón, en donde poco después se descencadenó una sangrienta persecución contra los cristianos. Felipe fue condenado a morir, juntamente con otros veinticinco cristianos. Tuvo oportunidad de librarse de la muerte, por su calidad de náufrago, pero prefirió compartir la suerte de los perseguidos. Murió con ellos heróicamente por la fe, crucificado y atravesado por tres lanzas en 1597. Pío IX, en el año de 1862, lo canonizó, juntamente con sus compañeros de martirio-.
OFICIO DE LECTURA
INVITATORIO
Si ésta es la primera oración del día:
V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza
Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:
Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.
Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.
Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.
Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:
V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno: ALTAS PRIMICIAS DE LA FE DE MÉXICO
Altas primicias de la fe de México,
mártir de Cristo que por Cristo inmolas
tu joven sangre, con viril entrega,
donde el sol nace.
Haz de nosotros los testigos fieles
del Evangelio, la palabra viva,
hoy más que nunca del Amor heraldos,
púgil de América.
En ti crecemos, san Felipe, incólumes,
porque en ti sube todo el Nuevo Mundo,
para mirar, desde el más alto cedro,
nuevos caminos.
Por ti madure higos de luz la patria.
Tu cuerpo, tilma de purpúreas rosas,
deje a su paso el esplendor moreno
de nuestra Madre.
Himnos y coros se desgranen siempre
en nuestras manos, como espadas fúlgidas,
ante el Altísimo, luz una y trina,
oh, san Felipe. Amén.
SALMODIA