San Fulgencio de Ruspe 3 de Enero
Obispo
Telepte (Norte de África), 462/467 + Ruspe, 1-enero-532
1. Datos biográficos. Nació San Fulgenio en Telepte, provincia romano-africana de la Bizacena, por el año 467, algunos prefieren 462, de la noble y rica familia senatorial de los Gordianos, víctima ella también de las atrocidades que por doquier perpetraban entonces los vándalos. Sus propios escritos revelan que, huérfano desde tierna edad, su madre Mariana le procuró esmerada educación, comprendido el dominio del griego, algo de veras excepcional allí para aquella época. Administrador algunos años de los bienes familiares, decidió al fin abrazar una vida religiosamente más austera, o comprometida y, a pesar de la firme oposición materna, se hizo monje. La persecución anticatólica, sin embargo, no le permitió disfrutar de su anhelada vida de recogimiento, pues a menudo tuvo que cambiar de residencia, y en una ocasión hasta llegó a ser azotado, junto al abad Félix, por un sacerdote arriano.
La lectura de las Collationes de Casiano, es decir, conversaciones mantenidas por Casiano y Germán con los solitarios del yermo para la edificación del «hombre interior, muy difundidas entre los círculos monásticos, lo impulsó a buscar una ascesis más severa junto a los monjes de Egipto. Puesto ya en camino, justo durante su escala en Siracusa, el obispo local Eulalio con-siguió disuadirle de su propósito informándole del cisma conocido como acaciano, que en ese momento separaba a la cristiandad oriental y, en consecuencia, también a los monjes de Egipto, de la comunión con Roma y todo el Occidente. Ante aquel negativo panorama, resolvió dirigirse a Roma con ocasión de la visita de Teodorico, rey de los Ostrogodos (500). De nuevo en África, reemprendió la vida monástica, pero esta vez con la clara voluntad de entregarse a la ascesis solitaria, por cuya razón tuvo enfrentamientos con los fieles, que le exigían un mayor compromiso comunitario.
Ordenado presbítero, la decisión del pueblo se le impuso no mucho después, como les había ocurrido con sus respectivas comunidades a San Agustín de Hipona (-28 de agosto), San Paulino de Nola (-22 de junio) y el mismo donatista Petiliano de Cirta, y fue elegido obispo de Ruspe, humilde ciudad marítima de la Bizacena (507). Cayó así bajo el rigor del rey Trasamundo (496-523) contra el clero católico y fue desterrado a Cerdeña. Pero su prestigio era ya grande, según reflejan las cartas oficiales escritas desde el exilio en nombre de otros obispos confinados con él, de modo que Trasamundo, a quien agradaba la teología, lo llamó a Cartago en el año 515, para discutir juntos y ponerlo a prueba. No salió el soberano muy airoso de las entrevistas, así que, después de algún tiempo, molesto por los éxitos de la actividad antiarriana de Fulgencio, lo volvió a enviar a Cerdeña, de donde pudo volver, con los demás obispos de África exiliados allí, sólo en el año 523, luego que la muerte de Trasamundo puso fin a la hostilidad de los vándalos contra los católicos. Cubrió la recta final en la propia sede, dedicado a las actividades pastorales y a la producción literaria. Murió el 1 de enero del año 532.
2. Escritos. Con sus obras, que preludian el agustinismo medieval, se hizo intérprete y defensor del pensamiento de San Agustín. Fulgencio reanuda en ellas la polémica que el Hiponense había mantenido frente a los monjes de Provenza, mal llamados «semipelagianos» y que, proseguida por amigos y secuaces del genio africano, permaneció viva en la Galia del Sur al menos hasta el segundo Concilio de Orange (529), reunido para concluir la controversia semipelagiana con la reafirmación de la doctrina de San Agustín. Aunque la Vida de Fulgencio (Vita Fulgentii), escrita por su discípulo Ferrando, diácono de Cartago, que siguió al maestro en el exilio a Cerdeña, recuerda algunas obras hoy perdidas, hasta nosotros han llegado bastan-tes de las muchas que le fue dado escribir.
Contra los Arrianos (Contra Arrianos liber unus) parece ser las más antigua. Escrita el año 515 en Cartago cuando las discusiones con Trasamundo, quien le había hecho llegar algunas objeciones arrianas a la doctrina católica, Fulgencio de-muestra en sus páginas gran dominio de tan compleja materia. Poco después, y en evidentes condiciones de inferioridad, vuelve con A Trasamundo (Ad Trasamundum libri III) en tres libros, sobre temas cristológicos el I, porque acerca de la relación divinidad-humanidad en Cristo se condensaban en este momento los errores de los arrianos y otros herejes; hace suya la ya consolidada declaración: Cristo, uno en la persona en dos naturalezas, y, sobre las huellas de Agustín, la exigencia soteriológica de la unión de las dos naturalezas en un único sujeto. El II, sobre la inmensidad del Hijo y, por tanto, su igualdad con el Padre. Y el III contra los teopasquitas, monofisitas radicales que sostenían que Cristo había padecido con su divinidad, lo que confirma el estrecho vínculo creado en el África vándala y arriana entre controversia trinitaria y controversia cristológica.














