lunes, 16 de julio de 2018

EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO: POBREZA Y ALEGRÍA






 EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

Menores y pobres, conviviendo entre los despreciados y débiles

Ser pobre y vivir pobre significa no considerarse ni colocarse como centro. Quien retiene la propia voluntad como propiedad inalienable se enaltece hasta el punto de considerarse autosuficiente. La experiencia y enseñanza fundamental de Francisco es: Todo bien es propiedad de Dios. Dios realiza el bien y lo manifiesta por medio del hombre, su instrumento. El corazón de la pobreza franciscana es un acontecimiento que se da en lo íntimo del hombre, referido a su encuentro fascinante con la zarza ardiente de Dios (Éx 3). Restituir todo a Dios es reconocer en todo y siempre el reinado de Dios en nuestra existencia; es la rica y feliz experiencia de despojamiento y pobreza. Todo es don de Dios, también nosotros mismos y nuestros hermanos los hombres. El Altísimo, Señor Dios, es quien dice y hace todo bien (Adm 7,4; 8,3).


El despojamiento y la desnudez espiritual es ciertamente exigencia de la pobreza. Elegir la pobreza, entregar todo lo que uno tiene como propio llevó a Francisco evidentemente a pedir a los hombres con una gran formación científica que deseban entrar en la Fraternidad franciscana, el renunciar a su ciencia para seguir a Cristo pobre y crucificado en la desnudez de su cruz (cf. 2 Cel 194). Francisco no es un hombre de ciencia, es decir, no se expresa con el lenguaje de la mediación cultural. Para él la sabiduría está personalizada, no siendo por lo mismo ni una doctrina ni una conclusión de la misma, ya que en este caso sólo los doctos y cultos la poseerían, mientras que los simples no tendrían jamás acceso a ella. La sabiduría para Francisco es más bien una relación con la persona de Jesús, el Hijo de Dios, es tenerlo incrustado en la médula y los huesos, es estar vestido de Él. Esto no se realiza en el plano del puro conocimiento, sino acogiendo y recibiendo el cuerpo y la sangre de Cristo y actuando el bien mediante la conversión (cf. 1CtaF 2,8; 2CtaF 67).

Ser pobre es vestir pobremente (Test 16-18). El pobre, a diferencia del rico, propietario, no tiene otro recurso para vivir sino el propio trabajo. Francisco trabaja con sus manos y quiere que todos los hermanos hagan igual. Cuando falte el trabajo, recurran a la limosna: «Yo -dice Francisco en su Testamento- trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo y para rechazar la ociosidad. Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta» (Test 20-22). En verdad, Dios es el gran limosnero. En sus manos nos encontramos. Es Él quien nos convida a su mesa generosa. Y Francisco añade para sus frailes: «Y séales permitido tener las herramientas e instrumentos convenientes para sus oficios» (1 R 7,9).

En los comienzos de la Fraternidad, cuando eran muy pocos los hermanos, no tenían vivienda estable. En su vida de predicadores ambulantes hallaban refugio donde podían: puertas de entrada de las ciudades, casas de campo o abandonadas y, con predilección, las iglesias: «Y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias. Y éramos iletrados y súbditos de todos» (Test 18-19). Al aumentar el número de hermanos considerablemente, se hubo de introducir el noviciado y el estudio; la nueva relación de obediencia en las fraternidades exigía tener casas, pero sin establecerse en ellas como si fuesen de su propiedad.

Menores y pobres entre los pobres, los hermanos de Francisco han de sentirse contentos de convivir con los más queridos por Cristo, su imagen humillada y despreciada: «Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos» (1 R 9,2). Sin embargo, han de esforzarse por ayudarlos y socorrerlos; así dirá incluso: «Los hermanos, en caso de evidente necesidad de los leprosos, pueden pedir limosna para ellos» (1 R 8,10). Los hermanos han de discernir cómo ayudar en cada caso a los pobres con los medios de que disponen.

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